Un patrón psicológico, que toma su nombre de una novela clásica, explica la fascinación por mantener vínculos con personas emocionalmente no disponibles. Expertas analizan sus causas y características.
La novela española Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, presenta a Fortunata, un personaje enamorado de Juan Santa Cruz, un hombre casado. Esta historia literaria dio nombre al llamado ‘Síndrome de Fortunata’, un patrón de conducta que puede presentarse tanto en hombres como en mujeres, caracterizado por desarrollar vínculos de dependencia emocional hacia personas que ya están en una relación.
«Fortunata no solo ama a un hombre casado, sostiene una espera y una ilusión romántica en paralelo a su invisibilización», explica Victoria Almiroty, licenciada en Psicología (M.N. 56875). Según la especialista, el foco no está en el triángulo amoroso en sí, sino en la lógica psíquica que sostiene ese lugar: «amar desde la falta, desde el borde».
Para Almiroty, uno de los motivos de fascinación por el rol de amante tiene que ver con habitar la marginalidad. «El amante es deseo puro, sin logística, sin rutina. Pero es una imagen: lo que se idealiza no es la persona, sino el espacio que representa», apunta. Los psicólogos señalan que, más que amor, en estos vínculos se tiende a buscar validación, reconocimiento o un sentido de exclusividad simbólica.
Las raíces en la historia personal
Las expertas coinciden en que las elecciones afectivas suelen tener raíces en experiencias infantiles. «Gabor Maté nos recuerda que no repetimos lo que fue placentero, sino lo que fue familiar. Y, a veces, eso familiar es el lugar del segundo plano», destaca Almiroty.
Carina Mitrani, psicóloga especialista en terapia EMDR, sintetiza: «Esta persona empieza a repetir el patrón de una infancia en la que no se sintió amada, ya sea por su madre o su padre». Otra posibilidad, según Mitrani, es haber tenido un progenitor que no permitió el acceso al otro, privando al niño de una relación amorosa plena.
Búsqueda de validación y falsa sensación de poder
«La autoestima real implica saberse merecedor de un lugar pleno en el deseo del otro. Si inconscientemente sentís que tenés que competir o esperar para ser elegido, no estás habitando tu deseo, estás atrapado en el deseo del otro», describe Almiroty. Según Mitrani, la figura del amante busca incesantemente ser validada por encima de la pareja oficial, lo que puede esconder un sentimiento de no merecimiento.
También puede existir una falsa sensación de poder o control sobre el vínculo. «El amante cree que manda, que pone los tiempos y que es quien realmente es amado porque la tercera persona —la que no está al tanto del vínculo— vive en ingenuidad», sugiere Almiroty. Esta dinámica suele ir acompañada de la fantasía de que, en algún momento, la persona dejará a su pareja para oficializar la relación secreta.
El papel de la queja y la victimización
«Está estudiado que el papel de víctima y la actitud de quejarse producen y segregan endorfinas», añade Mitrani. Según revela, la queja puede generar un tipo de placer morboso, desencadenando un patrón de victimización que, si bien puede resultar irritante para el entorno, cumple una función en la dinámica psicológica de quien repite este esquema.
