Adriana Calvo: memoria y lucha contra la impunidad

A Adriana Calvo la secuestraron el 4 de febrero de 1977. Estaba en su casa de Tolosa junto a su hijo Santiago, de apenas un año y medio. Su hija mayor, Martina, había ido a dormir a la casa de sus abuelos. Su compañero, Miguel Laborde, trabajaba en la Universidad Nacional de La Plata, donde ambos eran docentes: él de Química, ella de Física. De pronto, un grupo de hombres rodeó la vivienda. Cuando se la llevaban, una vecina logró arrebatarle al niño de los brazos a uno de los captores. Ese gesto evitó que también él fuera desaparecido. Así comenzó un calvario que marcaría su vida y, años más tarde, la historia judicial argentina, pero también el inicio de un camino de lucha en el que Adriana ocuparía siempre un lugar en primera fila.

El caso de Adriana Calvo se convirtió en el número uno de la causa 13/84, más conocido como Juicio a las Juntas. Fue la primera sobreviviente en declarar, elegida por los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo. Su testimonio, brindado el 22 de abril de 1985, produjo una conmoción profunda en la sala. Durante casi dos horas relató el horror con una precisión que dejó sin palabras a quienes la escuchaban.

Aquel día, frente a un tribunal colmado y con los responsables del terrorismo de Estado observando desde los palcos, su voz quebró el silencio de años. “Nadie allí pudo mirar a los ojos del otro por un buen rato y, al mismo tiempo, emitir palabra alguna”, escribió Pablo Llonto. Su declaración no solo impactó por lo narrado, sino porque permitió dimensionar en sede judicial el funcionamiento concreto del plan represivo.

Para entonces, Adriana ya había decidido que su historia no sería solo un recuerdo doloroso, sino una herramienta de denuncia. A lo largo de su vida brindó numerosos testimonios y participó activamente en la reconstrucción de lo ocurrido en los centros clandestinos de detención.

Fundadora de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, dedicó años a identificar víctimas, reconstruir recorridos y señalar responsables.

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El infierno en el Pozo de Banfield

Su propia experiencia en ese lugar es uno de los relatos más estremecedores del terrorismo de Estado. Llevaba dos meses secuestrada. Había pasado por distintos centros clandestinos con un embarazo avanzado y sin haber tenido más noticias de sus hijos. Cuando preguntó por su marido, también secuestrado, recibió un cachetazo como única respuesta. Aun así, cuando una compañera de cautiverio le habló de otro lugar, “el verdadero infierno”, Adriana se estremeció. Solo le dieron dos datos: estaba en Banfield y tenía una escalera de cerámicos rojos.

Con un embarazo avanzado fue trasladada desde la comisaría quinta de La Plata en un patrullero. Allí comenzó el trabajo de parto. En su testimonio en el Juicio a las Juntas declaró:

“Yo iba acostada en el auto, vendada, con los ojos vendados y las manos atadas atrás. Les decía que estaba por nacer mi criatura, que no podía aguantar más, que pararan, que era inminente. No era mi primer hijo, yo sabía que estaba por nacer. Me decían que era lo mismo, que igual me iban a matar, que iban a matar al chico. Íbamos a toda velocidad y yo les grité: ‘ya nace, ya nace, yo no aguanto más’. Y efectivamente nació. Mi beba nació bien, era muy chiquita. Quedó colgando del cordón, se cayó del asiento, estaba en el piso. Yo le pedía por favor que me la alcancen, que me la dejen tener conmigo. No me la alcanzaron. Yo seguía con las manos atrás, con los ojos vendados. No me la querían dar, señor presidente. Ese día hice la promesa de que, si mi beba vivía y yo vivía, iba a luchar todo el resto de mis días porque se hiciera justicia.”

“Yo estaba atrás, desnuda, con mi beba colgando, llena de sangre. Me tuvieron 2, 3 horas allí, con mi beba llorando en el piso, y yo no podía hacer nada por recogerla.

Luego fue trasladada al interior del centro clandestino:

«Lo primero que hizo el doctor Bergés fue sacarme el tabique y me dijo: ‘ya no te hace falta eso’. Era una sentencia de muerte. Realmente pensé que no iba a salir nunca más de allí. Me sacó la placenta y la tiró al piso mientras me insultaba. Mi beba estaba en la mesada, toda sucia, lloraba, tenía frío. Yo pedía por favor que me dejen estar con ella. Me hicieron limpiar todo mientras me insultaban. Yo estaba totalmente desnuda. Mi beba lloraba. Recién ahí, cuando había limpiado todo, me dejaron agarrar mi beba y lavarla con agua fría.”

La “escalera de cerámicos rojos” que había escuchado en cautiverio se convirtió en un símbolo del ingreso a ese espacio de terror. Era uno de los engranajes del Circuito Camps, la entrada a la Brigada de Investigaciones o el Pozo de Banfield, maternidad clandestina, el destino final de las chicas y los chicos de la Noche de los Lápices y una de las bases del Plan Cóndor en el país.

Su testimonio se convirtió en un arma de lucha enfrentando con toda crudeza y coraje el significado de la palabra «excesos» que comenzó a circular, allá por 1985, para atenuar las penas.

«Señor presidente, yo no voy a abundar más en los detalles de las torturas, pero sí creo que hay algo que es muy importante que yo diga y que yo cuente, aunque es muy doloroso. Después de las cosas que he leído que se han dicho aquí, creo que es imprescindible para que se haga justicia.

«La obligación de la patota era torturar, lo hacían profesionalmente, lo hacían en forma fría, lo hacían en forma calculada. No necesitaban de ninguna droga, de alcohol, de nada, estaban absolutamente conscientes de lo que hacían.

«Pero señor Presidente, voy a contar el caso de una persona a la que no conocía, a quien torturaron durante días enteros, la patota lo torturó día y noche, lo torturó sin piedad, con todos los métodos que he relatado, y muchos más. Por fin, lo dejaron en paz y se fueron, lo dejaron tirado en frente de nuestro pasillo, oíamos el jadeo de esa persona. Cuando la patota se fue, señor Presidente, los guardias comenzaron hacer un asado a tomar vino a emborracharse a uno se ocurrió torturar a este prisionero y comenzaron a torturarlo nuevamente, esta vez no querían ninguna información, señor presidente, se divertían y gritaban, era una… Lamento haberlo dicho, pero creo que es importante, porque aquí se ha hablado de excesos y supuestamente estos son los excesos. Lo otro, la tortura fría y cruel, era un acto de servicio».

La primera en denunciar la desaparición de Julio López

Décadas después, Adriana volvió a ocupar un rol central al denunciar la desaparición de Jorge Julio López en 2006, durante el juicio contra Miguel Etchecolatz. Ese lunes 18 de septiembre de 2006 en el que López nunca llegó al alegato, Adriana Calvo no bajó sus brazos para denunciar su desaparición y señalar claramente a los responsables. Desde el primer momento sostuvo que se trataba de un secuestro vinculado a las fuerzas represivas: “Esto es un secuestro a manos de la Bonaerense”.

Lamentablemente a medida que pasaron las horas se fue confirmando y ya no queda prácticamente otra posibilidad: “Ojalá que me equivoque. No obstante, festejaremos nuestro error, si Julio está perdido o está, como dijo el ministro (Aníbal) Fernández, en la casa de su tía».

Mientras desde el gobierno se intentaban instalar hipótesis alternativas, Adriana insistía:
“Ojalá que me equivoque… pero ya no queda prácticamente otra posibilidad”. Las palabras del entonces Ministro del Interior del gobierno de Néstor Kirchner pasaron al podio de las frases célebres de la historia política argentina, pero por su nivel de cinismo y de burla hacia las organizaciones de Derechos Humanos que no bajaron las banderas de lucha contra la impunidad.

La claridad de Adriana para identificar los mecanismos de impunidad fue una constante en su trayectoria. Tuvo la capacidad propia de quienes sobrevivieron a los campos de exterminio de la dictadura, no callaron y aportaron su testimonio fundamental para desnudar el plan genocida. Se templó en la dura lucha de aquellos años donde el terrorismo de Estado cambió sus vidas.

Denunció no solo los crímenes de la dictadura, sino también las limitaciones de los procesos judiciales posteriores, que avanzaban de manera fragmentada y dejaban fuera a numerosos responsables. Insistía en que los juicios debían ser “por todos los genocidas y por todos los compañeros”, para evitar lo que definía como “impunidad biológica”.

“Para Adriana no había causas perdidas”

Adriana fue pionera en la pelea por el reconocimiento del genocidio en los juicios y en denunciar que las condenas llegaban a cuentagotas. Ni las amenazas, ni la persecución, ni la enfermedad lograron detenerla.

Su compromiso trascendió los juicios de lesa humanidad. Acompañó luchas de trabajadores, estudiantes y víctimas de violencia institucional, y denunció responsabilidades estatales incluso en democracia. Nunca dejó de señalar las contradicciones de los gobiernos que, al tiempo que reivindicaban los derechos humanos, sostenían prácticas de impunidad.

Por eso, como no dudó en denunciar el encubrimiento del secuestro y desaparición de Julio López por parte del gobierno de Néstor Kirchner tampoco dejó de denunciar su responsabilidad en garantizar la impunidad de los responsables de los asesinatos de Maximiliamo Kosteki y Darío Santillán, Carlos Fuentealba, Luciano Arruga, entre otros.

A mediados de 1990 fundó junto con otros familiares, como Nora Cortiñas y Cachito Fuckman, y organismos como Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (donde militaba Adriana), el CEPRODH y Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia. Surgió frente a la necesidad de coordinar acciones entre distintas organizaciones de derechos humanos y de izquierda, independientes de los gobiernos de turno.

Quienes la conocieron destacan su convicción inquebrantable. Un compañero de trabajo de la Facultad de Ingeniería sostuvo: “Para Adriana no había causas perdidas, había causas abandonadas”. Cachito Fukman expresó: “Adriana formó parte de una generación que fueron formados para ser brillantes y pusieron todo lo que tenían para construir ese país sin explotados ni explotadores, para construir ese país de hombres y mujeres libres, para construir el socialismo. El mejor homenaje que le podemos hacer a Adriana es levantar sus banderas en la práctica cotidiana”.

La diputada nacional Myriam Bregman –compañeras en muchos de los juicios, como el del
genocida Miguel Etchecolatz– sintetiza su esencia: “Lo principal que se aprendía era a no decir jamás ‘no se puede’. Para Adriana esa respuesta no existía… Nos enseñó a luchar contra todo escepticismo o desmoralización.

Adriana Calvo murió el 12 de diciembre de 2010, pero su legado permanece. Su testimonio permitió reconstruir una parte fundamental del funcionamiento del terrorismo de Estado y dejó una enseñanza política profunda: la necesidad de sostener la memoria y la lucha contra la impunidad hasta las últimas consecuencias.

Fuentes:

Testimonio de Adriana Calvo (fragmento 1)

Testimonio de Adriana Calvo (fragmento 2)
Homenaje a 10 años del fallecimiento de nuestra compañera Adriana Calvo

Adriana Calvo: la primera que dijo que Julio López estaba desaparecido

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